VIII Certamen Relato Breve - Premiados

VIII CERTAMEN DE RELATO BREVE

RELATOS GANADORES

Estos son los relatos ganadores (del 1 al 5). Los dos últimos, aunque no hayan sido premiados, los publicamos por su alto interés.

A todos los participantes, les agradecemos el esfuerzo realizado y esperamos que sigan probando suerte en los próximos certámenes.

1º PREMIO:

EL PLANO

Ana no terminaba de creerse lo que estaba leyendo:

Hola, la estación que estás buscando

no viene en ningún plano.

La estación que estás buscando,

está en mi corazón.

Hoy a las 14,30 h la esperaré en el

Restaurante Sueños. Seré Puntual.”

Eran seis líneas escritas con rotulador negro en el plano de Metro que acababa de solicitar en la Taquilla.

Ana, apenas se acordaba de cómo era el rostro del empleado, de hecho se volvió para mirar y encontró a una bella señorita en su puesto.

Miró su reloj –las 08,30 h, guardó el plano en el bolso y tomó el siguiente Metro que paró en el andén. No podía concentrarse... su pensamiento se escapaba una y otra vez hacia el curioso texto –me siento rara... nerviosa...seré tonta, es una galantería y ya está. Y si fuese verdad... Restaurante Sueños, que tontería, si ese restaurante no debe ni de existir... Voy a coger ese periódico que acaba de dejar esa señora en el asiento e intentaré pensar en otra cosa.

Sus ojos se abrieron como platos cuando en una de sus páginas, un anuncio en letra pequeña informaba de la buena comida que se servía en el Restaurante Sueños.

Apuntó la dirección, dejó el periódico y se bajo del vagón.

Mientras subía por las escaleras, oyó una voz por detrás: -“Señorita, por favor señorita”. Paró y se volvió. Era él, el empleado del Plano, ahí estaba, su voz era cálida e incluso resultaba atractivo. En ese momento sentía como la temblaban las piernas, estaba nerviosa.

-“Hola, perdone que la moleste, antes creo que la he dado algo más que un plano”. Ella seguía expectante, solo se la ocurrió decir ­–“si, lo llevo en el bolso” –“Lo siento, hay un error” – Lo sabía, pensó Ana, esto no podía ser para mi, en fin…

­-“Me equivoqué en la hora, la importaría que la cita fuese a las 13.30 h.” Ella quedó muda. El Empleado se despidió con un –“allí la esperaré, hoy seguro será un bonito día”.

Cada uno siguió su camino, sus siluetas quedaron confundidas entre la gente.

Carlos Joaquín Ortega Lozano

2º PREMIO:

EL METRO TARDA EN ARRANCAR

Desde el atardecer más borroso hasta el amanecer más cercano a mi ventana, desde mis ojos de vidrio hasta tu boca de luna.

Del sueño incondicional al calor de mi cama, de una estela de mar hasta su rastro de espuma. Comienzo en un compás vacío, sin música.

Cada paso es una nota que deja secuelas en tu nuca.

Nunca dije tarde ni imposible, pues me enseñaron a tocar lo inalcanzable.

Esa nube que señalé con el dedo, me dijo que podría alcanzarla desde el suelo.

Me hielo si comienzo desde cero, me quemo si la rutina me frena mientras vuelo.

La distancia vuelve a intentar aplastarme, mis sueños duermen, pierdo el tren, se me hace tarde.

Tengo el corazón empapado de sonidos, el metro tarda en arrancar y me quema el palpitar de sus latidos.

¡Que arda la voz de quien gritó a la libertad! ¡que vuelen alto aquellos sueños que nos quedan por contar! ¡que los suspiros de opresión se empañen en el cristal y que en la boca solo quede la esperanza de brillar!

Todos soñamos con volver donde creíamos, todos volvemos cuando soñar es más caro de lo que creemos, todos creamos cuando soñamos despiertos, y cuando no echamos de menos nos despedimos del lugar donde los sueños se marcharon.

Anaïs Montero López

3º PREMIO:

UN DÍA FUI ASESINA…

Había cometido el acto más cruel que un ser humano podía cometer… Un asesinato, pero la sensación que tenía en este momento; sentada en un vagón de camino a ningún lado no era de culpabilidad, sino todo lo contrario, la verdad es que me sentía bien, en paz, como si me hubiera liberado de algo.

Asomada al cristal de la ventanilla, las figuras borrosas que pasaban a toda velocidad, se parecían a lo que había sido mi vida hasta ahora, rodeada de oscuridad, con algún flash de luz de vez en cuando. Pasaban sin dejarme siquiera un leve recuerdo, tan solo la sensación de que algo en mi vida había pasado, pero sin distinguir si había sido sueño o realidad.

Pero hoy algo había cambiado, no me sentía como yo pensaba que se sentían los asesinos, y por fin, después de mucho tiempo, veía un punto de luz al final del túnel, aún era muy pequeño, pero estaba segura de que más delante sería más grande y luminoso.

Una voz, como un susurro se repetía en mi cabeza:

- Próxima estación…

Y en ese momento me dí cuenta, había conseguido asesinar al miedo, ese que me impedía moverme, pensar o hacer cualquier cosa por decisión propia, que me había tenido encerrada en una prisión, sin barrotes ni cadenas. El que había conseguido que me olvidara de quien era, que me había anulado como persona hasta límites increíbles.

De repente el final del túnel llegó, y la luz inundó mi vida al mismo tiempo que al vagón. Y esa voz que retumbaba en mi cabeza dejó de ser un susurro, para convertirse en un grito:

- Próxima estación……Esperanza.

Bonita palabra; y elegí no bajarme, pues aún me quedaban estaciones por disfrutar.

Conseguí hacerlo, y aunque el precio había sido caro, no me importó pagarlo; porque en definitiva yo había elegido empezar este viaje, y cuando terminarlo.

No quise llevar nada de atrás, tan solo la satisfacción de que después de mucho tiempo había sido yo la que había decidido.

Solo me llevé una sonrisa, que no dejaría nunca.

Mª Ángeles Collado Sanz

4º PREMIO:

Ha sido mi última noche en Madrid. Dentro de tres horas vuelo hacia buenos Aires para volver a cambiar mi vida, como si de un Ave Fénix se tratara. Ese es mi objetivo, no echar raíces, no dejar nada atrás que haba estancarme. Pero esta vez me está costando más de lo que hubiera imaginado. Y todo por culpa de ella.

Ella, sentada a mi lado en el vagón de metro que me conduce al aeropuerto. Su nombre evoca en mí paseos sin destino premeditado, conversaciones íntimas, noches de pasión, amaneceres perennes mirándonos a los ojos, desnudos, abrazados, mientras el sol nos ilumina levemente, aún sin fuerza, como si no quisiera molestar.

Llegamos al final de la línea. Entrelazamos las manos, nerviosos, deseosos de detener el tiempo. No importaría que nuestros cuerpos quedaran inmóviles. Me conformaría con notar su agradable perfume conquistando mi piel

Desciendo del vagón, ella permanece dentro. Nos separa una puerta que parece no querer cerrarse, como si intentara convencernos de que volviéramos a brazarnos, de que siguiéramos nuestro camino juntos, rechazando cualquier prejuicio. Dejo mi bolsa en el suelo del andén y percibo lo cansado que estoy.

- Han sido los mejores meses de mi vida.

- Ya. Y aun así, te marchas.

- Te llamaré, lo prometo – contesto no muy convencido de tener el valor de hacerlo.

- No creo que lo hagas, no eres así.

Nos callamos. Cruzamos la mirada. La mía, miedosa. La suya, triste. La puerta sigue abierta, ofreciendo una última oportunidad.

- Toma – dice entregándome un libro que ha sacado del bolso-. Lo compre esta mañana mientras dormías.

Es el último de Murakami. La miro congojado.

- Gracias- digo con un fino hilo de voz. Saboreo sus labios, me saben a eternidad.

Marcho hacia la escalera mecánica. Vuelvo mi cabeza, la puerta se esta cerrando pero todavía veo sus ojos vidriosos despedirse sin palabras.

Más tarde, desde un gran ventanal veo despegar mi nueva vida. Me giro sonriendo.

De nuevo el olor a metro. Empiezo a leer a Murakami como si fuéramos uno solo.

Y todo por culpa de ella.

Manuel Merino Blesa

5º PREMIO

FUSIÓN

7:11 h. Ya estoy aquí. Como cinco de cada siete mañanas. Tres minutos para el próximo tren y el andén a rebosar. Y si no fuera porque ha acabado de despertarme la escalera mecánica averiada, podría haber seguido dormido y soñar con que el próximo metro no vendría atestado. Esperando, pienso en el color del túnel en el cual voy a sumergirme. Y veo en él el principio de mi futuro inmediato. Veo que esa espesura opaca va a vomitarme a una jornada de trabajo sin alicientes, rutinaria, de un gris tan oscuro que no será sino la continuidad del negro que abandonaré para malvender mi tiempo durante ocho horas.

Imagino las caras que ocuparán los vagones del metro que espero. Caras que ya he visto muchas mañanas aunque cada día sean distintas. Caras dormidas. Caras concentradas en lecturas o caras que vuelan con alas de música. Caras que buscan y otras que huyen. Caras hastiadas de ser caras tempranas. Caras de circunstancia y de prepotencia. Caras maquilladas o afeitadas. Caras con barba o maquillándose. Caras de niños incrédulos, de mayores resignados. Caras, en definitiva, sin su mejor cara.

Y cuando el estruendo del convoy precede a su luz, el sonido que se acerca parece gritar que está al límite de su capacidad de absorción. Quienes esperamos en el andén, expertos en su lengua sin necesidad de academias, imploramos para que vacíe sus tripas con suficiente generosidad la que nos permita disponer del espacio vital que nos llevará al desconsuelo diario. Y el metro se detiene. Y abre sus puertas. Y está contenido en su desahogo, lo que no es óbice para que intentemos entrar en él, hasta parecer hincharlo más allá de los límites físicos que determinan su estructura metálica. Absorbe más y más personas. Personas en dura pugna por encontrar un resquicio en el cual fundirse con varios de sus semejantes. Fusión carente del más mínimo cariño. Fusión autoimpuesta para ir a producir. Fusión cuasi borreguil. Fusión a la cual decido no adherirme y sustituirla por otra entre las sábanas de mi cama.

Isidoro Fernández Díaz

 

Éstos son los relatos que mencionábamos como de interés para publicarlos. Como podréis observar, el primero está dedicado en homenaje a Carlos Palomino y el segundo, al conflicto que hemos vivido recientemente.


SUPERVIVENCIA

Era una mañana tranquila. Excepto para la bestia, alejada de su manada. Su continuo deambular, su inquietud y su respiración agitada le conferían aún más ferocidad a su aspecto altivo. Miraba de un lado a otro en busca de una salida, su cuello giraba cual péndulo olisqueando el miedo. Cualquiera que pudiera observarle huiría en otra dirección por temor a convertirse en carroña, o bien intentaría bajar la cabeza y camuflarse hieráticamente. Las pocas presas que había así lo hacían, alguna valiente con el rabillo del ojo miraba esperando un movimiento en falso para salir corriendo de forma despavorida. Más aun observando su boca moverse, salivando, como si hablara consigo misma.

Todavía no había matado, en su mísera vida le habían enseñado a hacerlo, era muy fácil, pero esa soledad en la que se encontraba le reprimía de hacerlo o tal vez la cobardía, pero en ese momento en su mente solo existía el termino supervivencia.

Al abrirse las puertas un gran número de piezas entró en su espacio, la adrenalina brotó, su pecho henchido por el valor renacido le impulsó hacia delante. Con sus garras afiladas empujó a su primera víctima, a la segunda le atravesó el corazón. El movimiento fugaz tantas veces entrenado no hubiese sido captado por un ojo humano. Sabía que había herido de muerte, la satisfacción le invade, parece sonreír, hasta que se da cuenta del cambio, ha pasado de ser cazador a presa.

El tren sigue parado en Legazpi. Él anda por el vagón, corre, lanza golpes, objetos. Su cuchillo busca más sangre, a la desesperada vacía un extintor, aprovecha la confusión y corre, una marea se le viene encima, corre, golpes que le hacen caer, corre, se incorpora y ….

El apuñalado tras dar cuatro pasos se desploma, no puede correr, no puede levantarse.

Javier Gimeno Fernández

CENA DE CLASE

El Consejero de Transportes nos invitó, a todos los directivos de metro, a cenar para celebrar el fin de la huelga y el despido definitivo, sancionado de forma irrevocable por el Juez, de los sindicalistas más activos, y no es que seamos antiobreros pero no nos gustan los huelguistas. El restaurante era de abolengo y la conversación fluía llena de cordialidad y buen humor. El único pormenor era un camarero que, a momentos, venía a dislocar la euforia de los comensales con sus comentarios a destiempo, sus lagunas bochornosas y los escandalosos fallos de su inteligencia.

La cena, no obstante, transcurrió más o menos bien. Los elogios a la comida fueron sucediéndose espontáneamente, con admiración de estómagos agradecidos. Los “exquisitos”, los “sublimes”, los “inefables” y los “divinos” fueron escalonando la subida del panegírico gastronómico. Llegaron los postres con los honores que se merecían, entre aplausos y vítores de entusiasmo colectivo. Fue en ese momento cuando el Consejero se sintió indispuesto y un sudor frio le brotó de la frente. A los pocos momentos le salió de dentro un grito descontrolado y trágico y cayó, revuelto en vómitos, con los ojos vidriosos y unos retortijones que parecían los de un endemoniado. Pero lo pero fue que el director empezó a sentir los mismos síntomas, al tiempo que fui golpeado por un dolor súbito que me doblo por la mitad, quitándome el habla y el color de la cara.

Los demás ya no se movían y yacían desmadejados en distintas posiciones absurdas, víctimas del terror y del mismo mal que nos corroía las entrañas. Sólo nuestro camarero no parecía afectado por el dramático espectáculo e incluso creí sorprender una media sonrisa en su miserable cara de discapacitado funcional. Entonces comenzó, lentamente y con manos diestras, a quitarse su camisa de barman dejando aflorar otra que llevaba escondida y que nos era horrorosamente familiar; la camisa de los trabajadores de metro. Con el último atisbo de consciencia tuve la vaga intuición de que todo era tarde y de que él, perfeccionaría su risa sobre nuestros cadáveres.

Juan Carlos Sanz Delgado

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