IX CERTAMEN DE RELATO BREVE "UN METRO DE 350 PALABRAS..."

IX CERTAMEN DE RELATO BREVE "UN METRO DE 350 PALABRAS..."
MEJOR RELATO 2011
Cuello de gatito negro en la línea tres
La boina negra sobre los rizos negros sobre el rostro negro. Unos volantes de seda blanca asoman bajo el abrigo. Bajo la seda blanca la mano tan negra, la palma tan blanca. La mano tan negra de palma tan blanca vaga solitaria por la barra de apoyo. Sube y baja, los dedos bailan sobre la barra, sobre teclas invisibles, se arquean, luego siguen su ritmo con pequeños intervalos. Una mujer lee un cuento de Cortázar, también a intervalos pasea la mirada distraída sobre la boina, los rizos, la mano, la leve agitación de la seda. Baja y sube gente con mochila a la espalda. La mano continúa su baile solitario sobre la barra. Lucho hoy no viaja en la línea tres.
Autora: Ana Madarro Racki.
PRIMER FINALISTA 2011
Se les puede ver.
Como todos los días, me encuentro con ella en un abarrotado vagón. Tan seria y segura de si misma. Nerviosa, mirando por encima de los viajeros como buscando a alguien.
El aparece en la siguiente estación. Joven y desprendido. Con una tímida sonrisa se abre
paso hasta ella. Un ligero cruce de miradas sirve de saludo.
Emparejados, mantienen una ínfima distancia pese al poco espacio.
Buscando apoyo en una barra repleta de manos, el cubre con la suya un anillo de casada. Ella reacciona rompiendo la distancia que les aísla. Rápidamente, cuellos y cabezas se ensamblan en perfecta armonía. Pagaría por oír sus susurros.
Ligeros y cortos besos en su oído, la trasladan durante el viaje a un éxtasis incontrolable.
Irradiando placer, apaga sus ojos despejándose de las miradas ajenas.
Mientras, el vigila de reojo. Me mira. Estoy segura que sabe que siempre les observo. Al hombre le gusta hacer saber sus éxitos.
Un acordeón buscavidas nos traslada a las mismísimas estepas caucásicas.
En pleno fragor, denota una mueca entre dolor y placer tras la descuidada barba. En el trasiego de viajeros del vagón, adivino una ágil mano, sin anillo, rozándose con los botones de su raído vaquero.
Es el quien ahora, cierra los ojos. Ella, mirada perdida. Impasible. ¡Como disimula! Me hace mucha gracia.
Surge una voz femenina en el vagón. ¡Próxima estación: Estrecho! El, abandona aquí. Pero, aprovecha hasta el ultimo segundo para soltarse de quien le ata.
Se le puede ver caminando por el andén. Joven desprendido y sonrisa tímida.
Ella, trasnochada, observa como se alejan. Uno más rápido que el otro.
Con un leve tic, recompone su figura. Me oferta una lánguida mirada, como haciendo ver que allí nada pasó. Se apea en la próxima.
Se la puede ver caminando por el andén. Tan seria y segura de si misma. Observo como nos alejamos. Una más rápida que la otra.
Un leve tic, nos recompone. A mi y al vagón que reinicia su marcha.
En el metro, unos leen, escuchan música, duermen y hasta piensan.
Otros, aman. Yo amo. A los dos.
Autor: Alberto Marina Moreno
SEGUNDO FINALISTA 2011
Perder el tren
Todos los días lo mismo. Tenía miedo a bajar del metro. Terror a salir de la estación y encontrar las calles desiertas y ni rastro del mundo tal y como ahora lo conocía. Llevaba ya más de un mes desviándose de su ruta habitual, se bajaba en esa parada y contenía la respiración hasta que salía a la calle y veía que todo seguía como siempre. Como él esperaba que estuviera siempre.
Se acordaba entonces de las historias de su abuelo que tuvo que vivir una guerra y pasó hambre, mucha hambre. Vivía en el metro, escondido, vagando por los túneles y durmiendo sobre el suelo. Siempre lo contaba. Que no sabía lo que era pasar hambre y frío y de verdad, le decía siempre. Y que las cicatrices se llevan por dentro para que no venga el primero que pase a meterte el dedo dentro. Y su abuelo, llevaba por dentro la cicatriz de una herida tan grande que había llegado a hacer mella en el corazón del nieto. Le dijeron que la guerra había terminado y no quiso salir del metro. No quería ver en qué se había convertido su barrio, ni las ruinas de su casa, no quería saber qué ausencias le esperaban a la salida de ese túnel que le había cobijado durante tanto tiempo. Le tuvieron que sacar a rastras y no le gustó lo que vio. Los ojos se le volvieron grises como aquella triste realidad que lo invadió todo y esa telilla velada que cubría su mirada, que la protegía de tanto dolor le acompañó hasta su muerte. Los médicos la llamaron cataratas pero el nieto sabía que era un mecanismo de protección del cuerpo. Y el corazón lo tenía bastante maltratado el abuelo...
Y, quizás, por eso le dolía tanto al nieto pensar que al salir del metro todo habría desaparecido. Y como todas las mañanas subió las escaleras mecánicas cargado de bolsas de la compra y se dirigió al campamento. Las dejó sobre el mostrador y sonrió mientras miraba la Plaza Solución en plena actividad. Todos seguían allí.
Autora: Jara Rupérez Matínez
TERCER FINALISTA 2011
Mi túnel solitario
Estuve esperando años. Bueno, no sé si años, meses o tan sólo unos minutos, pero se me hizo eterno. Estaba sentada en un rincón de mi mente, sintiendo el suelo húmedo de mis ideas, de mis sueños. El tren tardaba en llegar y yo seguía en el mismo sitio, sin avanzar ni poder salir a la superficie para continuar mi camino a pie. Estaba sola, completamente sola. Necesitaba que llegase el tren. No un tren, sino EL TREN. El que trajera tiempo para olvidar aquellos momentos de insípida soledad, tiempo para recuperar las horas que había pasado pegada al helado cristal de mi ventana exhalando recuerdos, el tren que atropellara el pasado y abriese las puertas para llevarme al presente. El tren que tenía que llevarme de nuevo a mí, a mi vida. Y ahí estaba yo, que ni siquiera tenía música para evadirme. No llevaba ni el billete, aunque suponía que eso no importaba. ¿Para qué quiero un billete en un tren que sólo está en mi cabeza? En un tren donde únicamente viajaría yo. Empezaba a inquietarme la espera, porque no hay nada peor que estar en tu propio ser y no poder salir de él. Quise imaginar que volvería a sonreír. Quise pensar que daba igual cuánto esperase, si al final, volvería a ser yo. De repente, empecé a escuchar un murmullo lejano, muy lejano. Seguí imaginando cómo sería volver, cómo sería no sentir el pecho vacío como se hallaba en ese instante. Y antes de que me diera tiempo a pensar en algo más, en el momento en el que iba a sonreír, el tren se plantó frente a mí con una oleada de aire fresco que me despeinó. Me levanté decidida, y me subí a él. A aquel vagón vacío, donde me encontré de nuevo conmigo misma y pude escapar del túnel solitario. Creo que todas las personas subimos a un tren que nadie más conoce, un tren donde sólo viajamos nosotros dentro. No tengo claro dónde te lleva, pero sé que algún día tendré que volverlo a coger.
Autora: Anaïs Montero López
CUARTO FINALISTA 2011
Beatriz ante el abismo
-Pues coge el Metro, mamá, que no pasa nada.
Pero sí pasaba. Llevaba demasiados años recorriendo las ciudades, y sobre todo Madrid, en coche. No recordaba la última vez que había tenido que coger el subterráneo, y le daba auténtico pánico bajar por las escaleras mecánicas que le llevaban a un submundo desconocido para ella. El infierno de Dante comenzaba en aquella boca de metro. Beatriz guardó el móvil y volvió a contar el dinero de la cartera. No, no le daba para un taxi, y tampoco tenía la tarjeta. El tipo del taller le miraba entre extrañado y curioso.
-Señora, ¿le ocurre algo?
-Nada, que mi hija no puede venir a buscarme
-Tiene un Metro ahí mismo.
El calor le golpeó en la cara como una bofetada. La gente caminaba apresurada, decidida y sin duda de hacia donde dirigirse. Beatriz miró el intricado mapa. Estaba sudando. Con dificultad se quitó la bufanda que se le quedó enganchada al collar. Tiró de él, ansiosa, y miles de cuentas se desperdigaron en todas direcciones. En un acto casi reflejo se agachó a recogerlas, una creciente angustia le subía por la garganta.
-¿Señora Beatriz?
Beatriz alzó la mirada completamente desconcertada.
-Soy yo, ¡Manuela!
Manuela había estado años trabajando en su casa como niñera. Ahí de pie, con su eterna cara aniñada, se le antojó un ángel.
-Vamos Señora, que le ayudo
Beatriz se dejó hacer. Se agarró del brazo de su cuidadora como un salvavidas en medio de la tormenta. Los sonidos del Metro volvieron con intensidad: un músico que tocaba una triste melodía, el rugir de los trenes, todo envuelto en un murmullo indefinible y cavernoso.
Beatriz miraba todo con estupor, se sentía indefensa.
-No se preocupe Señora, al principio siempre asusta, pero luego una se acostumbra.
Miró a Manuela como reconociéndola por primera vez.
-¿Tú lo coges todos lo días?
Manuela sonrío, -todos, Señora.
Y Beatriz comprendió, mientras el andén se llenaba de gente, que el abismo que separa a las personas, a veces, puede ser un Metro.
Autora: Maite Garrido Courel
















